Noches atrás, enclavado en la monótona escena de pasar canales sin prestar atención, reconocí el perfil de Jorge Asís. Cada vez que capto al autor de Flores robadas en los jardines de Quilmes despotricando contra el gobierno y aseando su sudor menemista con un pañuelo, me detengo. De la amplia gama de intelectuales mediáticos anti K, Asís lleva las de ganar. Marcos Ah!guinis no tiene carisma. Mariano Grondona está de vuelta. Pepe Eliaschev hartó a todos con su perpetua columna de escándalo institucional. Sebreli es obvio y ya no le dan cabida. Nelson Castro puede explicarse en base a una tautología apta para todo público: es Nelson Castro. Rosendo Fraga no conmueve. El Rabino Bergman es un sampler de republicanismo pocket. Y Jorge Asís, bueno, Jorge Asís indigna, pero también deleita. Es un escritor y como tal, su mayor mérito reside en la utilización del lenguaje: es ingenioso para adjudicar apodos (Heller: “El banquero de Bertold Brecht”; Scioli: “Líder de la línea Aire y Sol”; Randazzo: “El Killer”; Vilma Ripoll: “La madre de Gorki”) y muy hábil para metaforizar distintos acontecimientos (“Kirchner regala caramelos de madera”; “Prat Gay. Alimentado con insuficientemente piadosas dosis de Toddy político”), pero por sobre todo, no hace gala de esa “Superioridad Moral” comprada en oferta, tan frecuente en los almuerzos de Mirtha Legrand (la semana pasada eficazmente representada en los desvaríos de Pilar Rahola, una española “antifranquista-macrista-izquierdista-pro golpe en Honduras” (¿?) que en sus tajantes afirmaciones suele revelar el borgeano aplomo de los que ignoran la duda). Tal vez porque ha trasladado el registro desde el que se mueve su alter ego (el cínico y desencantado Rodolfo Zalim) a su verdadera personalidad. O viceversa. Tal vez porque si la detentara, nadie le creería.El programa en cuestión se llama “Poder Vacante” (con una pertinencia morbosa comenzó la semana posterior a la derrota de Kirchner) y es emitido por Crónica a la misma hora que “Después de todo”, el envío de Lanata de Canal 26. (En este caso, no entraré en comparaciones odiosas, sólo me limitaré a decir que aún hoy, quince años después, Lanata sigue perdiendo la discusión con Asís.) Pero volvamos, porque la introducción no tiene desperdicio: usualmente suena una especie de marcha militar mientras Asís ejercita una alta gama de rostros reflexivos-contemplativos. Por detrás se observa un Altar con toda la obra del autor. (Así debe ser la mente de Asís: un Altar con su obra y él contemplándola.) Acto seguido, el programa comienza con un monólogo donde Asís desarrolla las mismas ideas que viene repitiendo desde hace cuatro años (el descascaramiento, la marroquinería política, la calesita chocada, el elegidor y la elegida, y otros Greatest hits) con la destreza discursiva suficiente como para hacernos creer que está diciendo algo distintos todos los días. En los peores momentos, sólo parece representar un Jorge Rial de la política, ventilando información escabrosa sobre la cotidianeidad K (sin exceptuar refregársela a sus colegas, quienes, desde su clásica proyección vanidoso, secretamente lo admiran y copian). El objetivo del programa es bastante claro: convencernos de que en los 90’ no estábamos tan mal y que lo que vino después (especialmente del 2003 en adelante) es lo peor que le pudo haber pasado a la Argentina. La pavorosa tesis puede ser refrendada con una salvedad hacia su difusor: Asís tiene la delicadeza de no esconder su anhelo neoliberal bajo una serie inacabable de eufemismos, lo dijo antes y lo dice ahora. Si algo hizo que en los últimos años pasara de ser un insulto argentino a una especie de inimputable, fue su impudor. En medio de una horda de menemistas que aborrecen su propio pasado, Asís se distingue por tener el tupé de defender (y con gracia) sus medidas más aborrecibles: la ola de privatizaciones, el indulto, las “relaciones carnales” con EE.UU. ¿Es una virtud añorar el gobierno democrático que terminó el plan económico de la última dictadura militar e instaló un imperecedero clima de banalidad estructural? Sin dudas no, pero remite a alguna forma de honestidad. No por nada Asís es el autor de aquella olvidada obra siniestra, Cuaderno del acostado (1988), novela en la que narra su descenso al infierno de la literatura, consecuencia tanto de la repercusión de su obra durante el Proceso (Flores robadas en los jardines de Quilmes vendió 350.000 ejemplares) como del destierro laboral al que lo sometió Clarín luego de publicar El diario argentino (1984), donde cuenta las intimidades de redacción del monopolio que hoy, paradójicamente, se erige como mayor enemigo de Kirchner. Entre parrafadas de insultos (a los “forros alfonsinistas”, los “forros de ATC”, la progresía local que lo desprecia como si fuera un “SIDA intelectual”, la izquierda) arrebatos de ira (“Odio, inconteniblemente odio a todo aquel que me hizo sentir un pobre tipo”), confesiones y fantasías patéticas de redención, Asís logra construir un testimonio parecido a la verdad, sin estrategia narrativa alguna que la suavice:
“Caminaba por la abominable calle Corrientes y serían apenas las diez de la noche de un viernes, era la eufórica plenitud de 1984 (…) Y al pasar por la puerta del viejo Paulista noté desaprensivamente que había un montón de muchachones en la puerta, informales aspectos de militantes de gauche o de rockeros inciertos de festival. Escuché que, desde atrás, me gritaron: “Alcahuete de los militares”. Seguí de largo, no me di por aludido, ni siquiera me di vuelta. También escuché risas, que todavía me persiguen. Probablemente el que me gritó también está convencido de que hizo un valiente y encendido aporte a la democracia, o a la revolución. Y los que se rieron, también. ¡Hijos de mil putas!, pero debí habérselos gritado ahí mismo, y muchas noches me odio por haber mantenido el equilibrio o por mi cobardía de no reaccionar”.
Es desde este punto de vista (el resentimiento, el rencor) que se deduce su zambullida posterior en el más corrupto sector de la política. ¿Por qué defiende el indulto Asís?: ¿quiere que los militares se reconcilien definitivamente con la sociedad o que la sociedad se reconcilie definitivamente con él, emblemático exponente de dos épocas infames para el país? ¿Acaso no fue Asís el del histórico prefacio “a Haroldo Conti, ¿in memoriam?” y el que organizó una conferencia de prensa en 1981 (a la que no fue nadie) para informar sobre la desaparición del escritor? Excepto para aquellos que no dudan en mencionarlo con una serie encadenada de “malas palabras”, su figura estará permanentemente signada por la ambigüedad.
Mientras, Asís (propulsado por su página digital) quiere ser (y probablemente sea) el pensador crítico de la era kirchnerista, el posmoderno Sarmiento del nuevo Facundo. Y como Sarmiento con el bárbaro riojano, exacerba una fascinación pasional con las desatinadas ideas de Kirchner, juega a obsesionarse, a entenderlo mejor que sus propios discípulos. El living de su programa se convierte entonces en un carnaval de personalidades rancias, que hacen gala de su inclinación destituyente (aquí no hacen falta las comillas ante el término “cartabiertista”: Juan. B Yofre profetizó la pronta ida de Cristina y alabó el golpe de Estado en Honduras) o de la más pura alucinación de derecha (un tal Caselli vinculado a Berlusconi y el Vaticano, que de tan desconocido puede ser confundido con alguien famoso, aseguró ser el próximo presidente). La vieja pesadilla de Kirchner (“la noche neoliberal”, de la que él mismo, por supuesto, no titubeó en participar) se despierta de su letargo y vuelve a ponerse en pie. En Crónica a las 21:15 y de lunes a viernes. No se lo pierdan.










