lunes 13 de julio de 2009

La noche neoliberal

Noches atrás, enclavado en la monótona escena de pasar canales sin prestar atención, reconocí el perfil de Jorge Asís. Cada vez que capto al autor de Flores robadas en los jardines de Quilmes despotricando contra el gobierno y aseando su sudor menemista con un pañuelo, me detengo. De la amplia gama de intelectuales mediáticos anti K, Asís lleva las de ganar. Marcos Ah!guinis no tiene carisma. Mariano Grondona está de vuelta. Pepe Eliaschev hartó a todos con su perpetua columna de escándalo institucional. Sebreli es obvio y ya no le dan cabida. Nelson Castro puede explicarse en base a una tautología apta para todo público: es Nelson Castro. Rosendo Fraga no conmueve. El Rabino Bergman es un sampler de republicanismo pocket. Y Jorge Asís, bueno, Jorge Asís indigna, pero también deleita. Es un escritor y como tal, su mayor mérito reside en la utilización del lenguaje: es ingenioso para adjudicar apodos (Heller: “El banquero de Bertold Brecht”; Scioli: “Líder de la línea Aire y Sol”; Randazzo: “El Killer”; Vilma Ripoll: “La madre de Gorki”) y muy hábil para metaforizar distintos acontecimientos (“Kirchner regala caramelos de madera”; “Prat Gay. Alimentado con insuficientemente piadosas dosis de Toddy político”), pero por sobre todo, no hace gala de esa “Superioridad Moral” comprada en oferta, tan frecuente en los almuerzos de Mirtha Legrand (la semana pasada eficazmente representada en los desvaríos de Pilar Rahola, una española “antifranquista-macrista-izquierdista-pro golpe en Honduras” (¿?) que en sus tajantes afirmaciones suele revelar el borgeano aplomo de los que ignoran la duda). Tal vez porque ha trasladado el registro desde el que se mueve su alter ego (el cínico y desencantado Rodolfo Zalim) a su verdadera personalidad. O viceversa. Tal vez porque si la detentara, nadie le creería.

El programa en cuestión se llama “Poder Vacante” (con una pertinencia morbosa comenzó la semana posterior a la derrota de Kirchner) y es emitido por Crónica a la misma hora que “Después de todo”, el envío de Lanata de Canal 26. (En este caso, no entraré en comparaciones odiosas, sólo me limitaré a decir que aún hoy, quince años después, Lanata sigue perdiendo la discusión con Asís.) Pero volvamos, porque la introducción no tiene desperdicio: usualmente suena una especie de marcha militar mientras Asís ejercita una alta gama de rostros reflexivos-contemplativos. Por detrás se observa un Altar con toda la obra del autor. (Así debe ser la mente de Asís: un Altar con su obra y él contemplándola.) Acto seguido, el programa comienza con un monólogo donde Asís desarrolla las mismas ideas que viene repitiendo desde hace cuatro años (el descascaramiento, la marroquinería política, la calesita chocada, el elegidor y la elegida, y otros Greatest hits) con la destreza discursiva suficiente como para hacernos creer que está diciendo algo distintos todos los días. En los peores momentos, sólo parece representar un Jorge Rial de la política, ventilando información escabrosa sobre la cotidianeidad K (sin exceptuar refregársela a sus colegas, quienes, desde su clásica proyección vanidoso, secretamente lo admiran y copian). El objetivo del programa es bastante claro: convencernos de que en los 90’ no estábamos tan mal y que lo que vino después (especialmente del 2003 en adelante) es lo peor que le pudo haber pasado a la Argentina. La pavorosa tesis puede ser refrendada con una salvedad hacia su difusor: Asís tiene la delicadeza de no esconder su anhelo neoliberal bajo una serie inacabable de eufemismos, lo dijo antes y lo dice ahora. Si algo hizo que en los últimos años pasara de ser un insulto argentino a una especie de inimputable, fue su impudor. En medio de una horda de menemistas que aborrecen su propio pasado, Asís se distingue por tener el tupé de defender (y con gracia) sus medidas más aborrecibles: la ola de privatizaciones, el indulto, las “relaciones carnales” con EE.UU. ¿Es una virtud añorar el gobierno democrático que terminó el plan económico de la última dictadura militar e instaló un imperecedero clima de banalidad estructural? Sin dudas no, pero remite a alguna forma de honestidad. No por nada Asís es el autor de aquella olvidada obra siniestra, Cuaderno del acostado (1988), novela en la que narra su descenso al infierno de la literatura, consecuencia tanto de la repercusión de su obra durante el Proceso (Flores robadas en los jardines de Quilmes vendió 350.000 ejemplares) como del destierro laboral al que lo sometió Clarín luego de publicar El diario argentino (1984), donde cuenta las intimidades de redacción del monopolio que hoy, paradójicamente, se erige como mayor enemigo de Kirchner. Entre parrafadas de insultos (a los “forros alfonsinistas”, los “forros de ATC”, la progresía local que lo desprecia como si fuera un “SIDA intelectual”, la izquierda) arrebatos de ira (“Odio, inconteniblemente odio a todo aquel que me hizo sentir un pobre tipo”), confesiones y fantasías patéticas de redención, Asís logra construir un testimonio parecido a la verdad, sin estrategia narrativa alguna que la suavice:

“Caminaba por la abominable calle Corrientes y serían apenas las diez de la noche de un viernes, era la eufórica plenitud de 1984 (…) Y al pasar por la puerta del viejo Paulista noté desaprensivamente que había un montón de muchachones en la puerta, informales aspectos de militantes de gauche o de rockeros inciertos de festival. Escuché que, desde atrás, me gritaron: “Alcahuete de los militares”. Seguí de largo, no me di por aludido, ni siquiera me di vuelta. También escuché risas, que todavía me persiguen. Probablemente el que me gritó también está convencido de que hizo un valiente y encendido aporte a la democracia, o a la revolución. Y los que se rieron, también. ¡Hijos de mil putas!, pero debí habérselos gritado ahí mismo, y muchas noches me odio por haber mantenido el equilibrio o por mi cobardía de no reaccionar”.

Es desde este punto de vista (el resentimiento, el rencor) que se deduce su zambullida posterior en el más corrupto sector de la política. ¿Por qué defiende el indulto Asís?: ¿quiere que los militares se reconcilien definitivamente con la sociedad o que la sociedad se reconcilie definitivamente con él, emblemático exponente de dos épocas infames para el país? ¿Acaso no fue Asís el del histórico prefacio “a Haroldo Conti, ¿in memoriam?” y el que organizó una conferencia de prensa en 1981 (a la que no fue nadie) para informar sobre la desaparición del escritor? Excepto para aquellos que no dudan en mencionarlo con una serie encadenada de “malas palabras”, su figura estará permanentemente signada por la ambigüedad.

Mientras, Asís (propulsado por su página digital) quiere ser (y probablemente sea) el pensador crítico de la era kirchnerista, el posmoderno Sarmiento del nuevo Facundo. Y como Sarmiento con el bárbaro riojano, exacerba una fascinación pasional con las desatinadas ideas de Kirchner, juega a obsesionarse, a entenderlo mejor que sus propios discípulos. El living de su programa se convierte entonces en un carnaval de personalidades rancias, que hacen gala de su inclinación destituyente (aquí no hacen falta las comillas ante el término “cartabiertista”: Juan. B Yofre profetizó la pronta ida de Cristina y alabó el golpe de Estado en Honduras) o de la más pura alucinación de derecha (un tal Caselli vinculado a Berlusconi y el Vaticano, que de tan desconocido puede ser confundido con alguien famoso, aseguró ser el próximo presidente). La vieja pesadilla de Kirchner (“la noche neoliberal”, de la que él mismo, por supuesto, no titubeó en participar) se despierta de su letargo y vuelve a ponerse en pie. En Crónica a las 21:15 y de lunes a viernes. No se lo pierdan.

viernes 10 de julio de 2009

Nuevo número de Métrica

lunes 6 de julio de 2009

Para F.A, con amor y sordidez

Recapitulemos.

En el año 2001, por razones de orden existencial, repetí primer año de Polimodal en el Colegio Industrial. Mis padres, todavía atribulados en la sobremesa de los domingos, acusan como causa principal de este accidente al efecto de un inconveniente familiar que me habría condicionado gravemente (mi hermana fue sometida a una operación comprometida). Yo opino que la razón reside en el hecho sustancial de que no estudiaba, pero como bien dijo alguien con el que no querría discutir: no hay hechos, hay interpretaciones. Esto significó un duro revés, ya que durante la primaria fui uno de los mejores alumnos. Al ingresar en la Secundaria, automáticamente, mis notas tuvieron más declinaciones que el latín, pero nunca imaginé repetir. Eso, como el divorcio de nuestros padres o desaprobar educación física, era algo que les ocurría a Los Otros. The Others. Esos muchachos peligrosos que se sentaban “atrás” y reían maquiavélicamente, como si conocieran algo inasible para el resto. O esas chicas que nunca pasaban al pizarrón, demasiado generosas en curvas para pertenecer a octavo año, con novios barbudos que las esperaban en la puerta del colegio y se las llevaban hacia destinos aciagos en motos o bicicletas despintadas.

Pero tarde o temprano (y esto es la pura vedad, anótenlo) todo aquello espantoso que creemos no nos pasará, acontece.

Nunca falla: uno teme a X y X toma entidad en el mundo real y nos patea el culo.

Pronosticando un destino seguro en el campo de las Humanidades (y haciendo las veces de test de Inclinación Vocacional), me llevé, como quien no quiere la cosa, Matemáticas, Física, Química y Algoritmo. En un exceso de autoindulgencia, las quise rendir todas juntas en febrero, poco antes del comienzo del ciclo lectivo. Perdí por goleada. Sin posibilidad de elegir colegio por la inminencia del comienzo de clases, recalé (gracias a una tía profesora) en la Media Número 2, Institución Educativa a cargo del doctor F.A (las iniciales son las de su nombre, pero podrían aludir a Fuerzas Armadas), reconocido por su severidad cuando fue el encargado del Transporte y Tránsito en la ciudad durante un fugaz tramo de la última dictadura militar. Un prontuario de este tipo activó todas las alarmas de mi parte.

Yo todavía no sabía nada de la vida. Pero algo intuía.

Pasar del Industrial (un colegio vinculado al más explosivo de los quilombos y donde te hacías hombre aunque fueras Bruno Gelber) a la Media 2 era como ser confinado a un Convento. F.A entrevistaba a los alumnos para certificar personalmente que eran aptos para el establecimiento. Como ya habían comenzado las clases, la situación era aterradora (si F.A no daba el visto bueno, te quedabas sin escuela), por lo que me tocó hacer una fila, junto a otros chicos y padres tan preocupados como yo. La revisión de La lista de Schindler podrá ofrecerles un retrato atinado. Una chica hermosa lloraba y decía que no quería entrar de ninguna manera. Era rubia y le brotaban lágrimas violentas, como si tuviera un sistema de riegos en los ojos. Después fue compañera mía y se esfumó al mes.

Cuando ingresé (junto a mi padre) el cuadro era dantesco (con los años no me costó mucho trazar otro vínculo cinematográfico: el bunker de La caída): una oficina repleta de papeles, F.A con los anteojos torcidos, barba de dos días, emulando con sus pocos pelos y en forma grotesca el corte media americana que exigía para sus alumnos. Cada tanto entraba una secretaría (que por poco salía del recinto arrodillada y haciendo reverencias a la Moonwalk) informando sobre una circunstancia problemática para que F.A, acto seguido, efectuara soluciones que sólo admitían el siguiente término: tajantes. Sí, tajantes soluciones, de vida o muerte, que debían ser cumplidas a la perfección para que el Planeta Tierra no sufriera un cataclismo o algo semejante.

Finalmente F.A me aceptó pero al enterarse de que era repetidor y a sabiendas de que en su institución no se recibían esta clase de individuos, comenzó a cranear una historia que supuestamente yo debía repetir cuando alguien (no sé muy bien quién, puesto que la máxima autoridad era él) me cuestionara de dónde venía y por qué y para qué, cosa que, por supuesto, nunca sucedió. Tal vez quería que se la repitiera en el futuro para asegurarse de que sus directivas se cumplían incluso cuando él las dejaba a un lado. No lo sé. Habría sido una escena beckettiana, por lo menos y muy divertida, pero nunca tuve la oportunidad.

Los requerimientos fisonómicos eran estrictos. Las mujeres debían resignarse a terminar el secundario para serlo: no se les permitía pintarse, ni usar aros, ni teñirse ni utilizar un guardapolvos que mostrara una parte de aquello que entre ceja y ceja tienen los pervertidos del sexo opuesto: culos. Las mujeres no tenían culo en la Media 2 y a excepción de algunas compañeras atrevidas, se asemejaban a un ejército de fantasmas. Y como sabemos, a excepción de la fantasía nortemaricana de la enfermera sexy, los guardapolvos son los mayores enemigos de las tetas. Hay algo ahí abajo, pero ¿quién puede asegurar que eso es un seno? No digo, ni mucho menos, que ser mujer sea pintarse y mostrar el culo, pero a cierta edad de ebullición anatómica no se podrá negar que estas prácticas representan un signo de expresión que configuran la personalidad femenina (propia de una sociedad patriarcal y retrógrada, pero ésa es otra historia).

Los varones tampoco la llevábamos fácil. Debíamos usar camisa y corbata (algo que ahora me parece genial, pero en su momento era depresivo). Cortarnos el pelo como un aviador norteamericano de la Segunda Guerra Mundial. Afeitarnos religiosamente. ¡Y yo quería estar fuera de la ley! Yo quería ser un Strokes. En realidad quería ser lindo como alguno de los integrantes de los Strokes (mi banda preferida de ese momento), pero a falta de gracia alguna, me conformaba con tener el pelo desprolijo, vestirme como un zarrapastroso y escuchar rock. Nada de eso podía suceder asistiendo a una escuela dirigida por la mano férrea de F.A.

En consecuencia, decidí hacer todo lo contrario. No me cortaba el pelo hasta que escribían un comunicado desesperado a mis padres. No me afeitaba. En vez de camisa, usaba chomba y en la mayoría de los casos remera. La corbata me parecía un elemento de la derecha reaccionaria. Se sumó a mi peligrosa Rebelión, mi amigo L y las preceptoras (siempre con esos nombres diminutivos del tipo Lalita, Tatita, Pepita, Chotita) nos pedían que por favor nos cortáramos los pelos como si en eso se les fuera la vida. Y efectivamente, ahora que lo pienso, en eso se les iba la vida ya que ése era su trabajo: persuadir al alumnado de que hagan lo que dijera “El doctor F.A” (esta frase era pronunciada con la solemnidad de un velorio presidencial). Y lo hacían bastante bien, porque casi nadie enfrentaba tales normas. Y la verdad eran muy buenas, o quizás ante la maldad del director (maldad concreta nunca comprobada, siempre aludida en anécdotas aleccionadoras de dudosa procedencia) lo parecían.

Para completar el cóctel, también llegaba tarde. Esto se debe a dos cosas. En primer lugar, por esa época me había convencido de que llegar tarde era una filosofía de vida. Yo no sé cómo, pero, por lo que me dictan los recuerdos, alguna vez fui aún más idiota que ahora. En fin, llegar tarde era ser despreocupado, indiferente al cauce del mundo, un loco bárbaro. En segundo lugar, me negaba a recitar la maléfica “Oración a la bandera”, un rap nacionalista bastante bélico que empezaba con aterradoras frases: “Bandera de la patria/ Celeste y blanca/ Símbolo de la unión y de la fuerza/ Con que nuestros padres/ Nos dieron independencia y libertad”. Yo lo había odiado durante toda la primaria y al llegar la secundaria me había acostumbrado a la épica de “Aurora” sonando en el sempiterno patio del Industrial, donde miles de jóvenes corrieron por sus vidas al escuchar el grito primal: “Caño y volea”.

Pero lo que me molestaba de sobremanera al punto de no poder soportarlo, era que al finalizar el rap, F.A decía “Buenos Días” y todos los “ñatos” contestaban a los gritos: “¡Buenos días, Señor!”. Era una clara alucinación militarista de F.A, quien cerraba los ojos imaginando que estaba ante su tropa. Por lo tanto, llegaba entre 15 o 20 minutos más tarde de lo debido, coleccionando de ese modo un sinnúmero de medias faltas que siempre me dejaban al borde de la expulsión.

Sobre la maldad de F.A hay que añadir una salvedad: de tan malo terminaba pareciendo bueno. Y hasta uno podía llegar a quererlo (por supuesto, nunca llegué a ese nivel, pero conozco mucha gente que lo aprecia). El mecanismo era obvio: uno siempre esperaba lo peor de F.A. Sus aparentes características denotaban autoritarismo, conservadurismo y todos los ismos que quepan y sean anti-izquierdas. Uno esperaba, por “lo que se contaba”, que F.A asesinase a los alumnos que hicieran algo fuera de la pauta (fumar en el baño, tener el pelo largo, mostrar el orto). Pero como esto, evidentemente no estaba permitido, nos conformábamos y en medio de tal contexto formulábamos al unísono, con las preceptoras diminutivas, la siguiente frase: “Y, al final F.A no es tan malo”.

No sé cómo, pero nos habían sugestionado al punto de pensar que podía ser peor.

Para completar la fórmula de la ruina adolescente, mi curso era señalado como el más aburrido de todos. Los demás nos tenían lástima. Y encima nos hicieron estudiar durante tres años la “Ley de Radiodifusión” del “Proceso de Reorganización Nacional”. Hace unos días volví a ver a una compañera y la conclusión (un poco hiperbólica, por cierto) fue que nuestra función en la escuela era ver cómo se divertían los demás. Éramos sólo 4 varones entre 30 chicas peleadas entre sí en facciones de diversas preferencias culturales (en un anticipo profético de las mal llamadas Tribus Urbanas). Hubo algunas fluctuaciones, gente divertida que venía, pero o se iban enfermos de tanto hastío o repetían o desaparecían. No nos fuimos de viaje de egresados, ni organizamos fiesta. ¡Ni siquiera tuvimos campera! No recuerdo un noviazgo entre nadie. Encima me “enamoré” de una mina que tenía novio y me volvió loco, siempre comportándose con una ambigüedad sublime. Ahora, pasados los años, me llama para decirme que tiene hijos. Ya no me produce locura, sino más bien la certeza de que las personas están indefectiblemente chifladas y nuestra tarea en el mundo es llegar a un estadio de chifladura que no nos permita enterarnos de tal cosa.

Finalmente, me encontré con F.A. No se hacía ver demasiado. Su presencia debía estar latente, implícita en las paredes, para lograr mayor efecto. A lo sumo, cuando el recreo terminaba y nos quedábamos hablando más de la cuenta, salía con un silbato y un gorro de cazador (con el mismo piloto largo que usa actualmente), para que entráramos cual jerbos amaestrados. Y es que éramos jerbos amaestrados. No sé si lo del gorro de cazador lo imaginé, pero lo del silbato es real. Muchos lo pueden atestiguar. El temor que inspiraba el anuncio de una visita suya era apoteósico. F.A se convertía en sinónimo de “Juicio Final”. Cada tanto las preceptores informaban sobre una nueva y estricta orden del mandamás. De no cumplirse, ocurrirían eventos atroces. Pero con los días todo se iba desarticulando.

La siniestra táctica era ejercitar la disciplina que inspira el temor.

Y por otro lado, el tipo amaba (y ama) a su escuela y, presumo, la vida de sus alumnos. Probablemente más que a nada en el mundo. Así era F.A, como esos tíos fachos que postulan en la noche navideña, entre garrapiñadas y sidra, “paredón para todo los grones”. Y al mismo tiempo son los mismos que nos hicieron vivir los mejores momentos en nuestra infancia. Hay recovecos, amigos, adonde esa puta sencilla, la ideología, nunca va a poder llegar.

Lo cierto es que ya en tercer año, llegué tarde, muy tarde y con la mala suerte de que F.A moraba por los pasillos. Yo tenía barba y bigotes. El pelo largo. Una remera. Unos pantalones inadecuados (con bolsillos a los costados, eso tampoco se podía). Y sin cuaderno de comunicaciones. Me dejaron esperando solo frente a la dirección (mientras, como dice mi amigo E, “el culo se me llenaba de preguntas”) hasta que salió. Me miró de arriba abajo, como aquella vez en la primera entrevista. Ya no estaba la chica rubia llorando ni yo era el mismo. Incluso mis padres se habían separado y me había llevado educación física. El aire se cortaba con el filo de un cuchillo. Se acercó a mi rostro lo bastante como para perturbarme. Olía a jabón y tabaco. Su cabeza parecía un balón de plomo. Era más bajo que yo, pero se asemejaba a un maldito gigante. Asintió un par de veces en señal de reflexión mientras yo miraba hacia cualquier lugar: la puerta de calle, una maceta con una planta artificial, un cuadro triste con los rostros de los muertos de Malvinas. Pensé que no sobreviviría a ese momento, hasta que pronunció la sentencia: “Alumno, parece un hippie”.

Después dio media vuelta, indicó algunas directivas a una preceptora y volvió al bunker.

viernes 3 de julio de 2009

Más apuntes post-legislativos redundantes


Una de las certezas que produce la elección legislativa del 28 de junio es que con la derrota kirchnerista se agudiza la sistemática degradación de la investudura presidencial promovida por los medios de comunicación. Las críticas mordaces a los primeros mandatarios suelen ser comunes a todos los gobiernos (sean estos del partido que fuese), pero en este caso, han tenido mayor impacto en el inconsciente colectivo de la sociedad a través de construcciones simbólicas de gran efecto: la figura del "ex presidente en funciones" y la idea del "doble comando" se han constituido como edificaciones retóricas de difícil refutación. Por estos días comienza a erigirse con más solidez la "delarruización" de Cristina. El relato "fontevecchiano" (que Carrió asume como propio) de una mujer débil sometida a los vaivenes emocionales de su trastornado marido ("La presidenta soy yo, carajo" era el grito desesperado que ilustró una tapa de Perfil en pleno conflicto agropecuario, trasladando la dinámica "chimentera" al periodismo gráfico de análisis político) ha calado hondo. Habría que preguntarse hasta qué punto Cristina y Néstor no representan un mismo punto de vista (como la frase atribuida al pensador contemporáneo Torcuato Di Tella: Son igual de buenos como de malos). Sugestionada por el murmullo omnipresente que, sin eufemismos, la cataloga como una inútil, Cristina reacciona exacerbando su costado más arrogante. De otro modo no se entiende el tenor de sus contactos con el periodismo. La última conferencia la mostró reprendiendo a Massa, cultivando un aire de esforzada indiferencia, interpelando con un tono agresivo las preguntas de los cronistas (que parecen aborrecerla en tanto advierten el modo en que su discurso tensiona las ambigüedades éticas de su oficio). Imágenes concretas que apuntan a significar una actitud de mando opuesta a la ineficacia supina que día a día le endilgan. Como si fuera poco, mezcla esta vertiente con otras, desenvolviéndose "resuelta" y enunciando "bromas" o contestaciones cáusticas (su alusión al Calafete es un buen ejemplo) o apelando a un tono meramente informativo que terminan conformando una combinación mortal para el destinatario. La sociedad argentina, que toleró y exaltó como virtudes las tosquedades de Menem, no soporta que la actual presidente sea capaz de articular frases con algún rigor sintáctico. Ha jugado en contra de Cristina que su característica predominante sea la destreza discursiva. No en forma inocente se remarca que sus apariciones (es decir, sus monólogos en inauguraciones o presentaciones de medidas) bajan la aguja del rating en Canal 7 (¿acaso De la Rúa o Menem o Alfonsín o Duhalde la subían?). El sentido común, en una deducción no siempre acertada, suele oponer las palabras a los hechos. (Paradójicamente ése fue el estribillo del spot publicitario del Frente Justicialista para la Victoria). Cristina ha sido abducida por esta otra trivialidad del peor de los sentidos (el que regula el mundo y las buenas costumbres) hasta el punto de ser considerada una "charlatana". Se suma a esta recepción negativa, la supuesta inoperancia (total, directamente no hay nada que haya echo que tenga alguna función específica) de su gestión gubernamental. Se podría decir que a partir del 10 de diciembre del 2007, el kirchnerismo no pudo acompañar su perorata retórica con una estrategia que dé la impresión de funcionamiento ejecutivo, quedando al descubierto así su propensión al debate ideológico. Y he aquí un gran error porque lo único seguro que sabemos de esa entelequia multiforme denominada "gente" es que le importa absolutamente un bledo la izquierda y la derecha, las leyes del mercado y el espacio estatal, la libertad de expresión y las habilidades conceptuales de los monopolios para interpretar los acontecimientos, etc. Eso preocupa a "cuatro gatos locos". A la "gente" le interesa que no la afanen, que no suban los precios, sentir la sensación de que se "hace algo" (no importa qué). No se la puede culpar por ello, aunque sería sano que cada tanto se hagan (nos hagamos) responsables. El paro del campo, con sus conocidas derivaciones, alistó ya explícitamente en las filas de la derecha a aquella porción del pueblo que por bienestar económico había reelegido la conducción K. Inteligentemente (ayudado por el tratamiento naif de la prensa), el productor agropecuario pudo identificar su situación con la de cualquier trabajador de otro ámbito laboral apelando a la vieja conceptualización del Estado como ente saqueador. "¿Cómo te sentirías si te sacaran el 35 por ciento de tu sueldo?" era la conclusión enternecedora de los kiosqueros que pegaban en sus vidrieras la consigna "Estoy con el campo" y confundían alfajores y chicles con los recursos del país. Frente a paralelismos de este tipo, proyectos como una nueva Ley Audiovisual son aprehendidos como verdaderos jeroglíficos. La última imagen paradigmática sobre la "delarruización" de Cristina opone su preocupación por el golpe en Honduras con la aparente apatía ante la propagación de la gripe A. Se trata de una invectiva vulgar justificada por el desconocimiento de una problemática (a excepción de especialistas, dudo de que alguien corriente pueda elaborar un juicio crítico sobre el accionar del sistema sanitario en contextos extremos) y el prejuicio ideológico (de la misma manera se confronta Inseguridad con los Derechos Humanos). Habrá más novedades para este boletín.

miércoles 1 de julio de 2009

Apéndice electoral: Yo, kirchnerista de la última hora

Quizá por mi tendencia a defender causas perdidas, el lunes 29 de junio a las 2 y 20 de la mañana, yo que voté a Sabbatella dejando de lado las cuestiones pragmáticas e ingresando en el terreno resbaladizo de la ética, fui kirchnerista. Ese tipo canoso y vencido, acusado y posiblemente responsable de las más ignominiosas calumnias, representaba algo latente que mi SuperYó había sabido reprimir durante 6 años. Yo era, tirado en mi cama con el control remoto en la mano, el kirchnerista de la última y más aciaga hora, el kirchnerista más trasnochado y absurdo. Es que esa impotencia de eliminación del campeonato mundial, de familiar muerto, no podía corresponder a otro sentimiento que no fuera el kirchnerismo. Claro que esta fugaz conversión tiene sus razones lógicas. Principalmente que dentro de algunos años (o algunos meses), mi generación, recordará, de seguro, los dos o tres primeros años del kirchnerismo con la nostalgia ochentosa que los cuarentones de hoy añoran en el primer Alfonsín. Para personas como yo, adolescentes testigos del vaciamiento estructural del menemismo y el tenor antipolítico post-2001, la irrupción de Kirchner significó la materialización (real o ficticia; ésa discusión todavía está pendiente) de una serie de elementos paradigmáticos arraigados en nuestra formación cultural: el rechazo absoluto a la última dictadura militar, la idea de un mundo regido por ideologías, la intervención del Estado en el accionar del Mercado, reivindicaciones anacrónicas a los oídos de nuestros enemigos, etc. Enumeraciones de este tipo parecen (y son) el ingenuo decálogo del manual pocket progresista, pero cuando uno cumplió 20 años, estudia Letras, está enamorado, tiene barba y un morral… El Kirchner derrotado de la madrugada me remontó, automáticamente, a tiempos mejores, como quien se cruza en la calle con una ex novia y luego se angustia reflexionando sobre el hecho de que con esa mujer ahora desconocida se compartió una cama, una visión del mundo y, por sobre todo, una proyección hacia el futuro. Pensé en aquella extraordinaria tarde en la ESMA. En Silvio Rodríguez (a quien considero insufrible) cantando en la Plaza de Mayo. En Charly García rompiendo la guitarra mientras se escuchaban los acordes finales del himno. En Kirchner haciendo malabares con el bastón presidencial. En Kirchner haciendo pogo con la gente y ligándose un chichón en la frente. En la bajada del cuadro de Videla (y, a través de una dinámica imaginativa contrapuesta, la consecuente restauración del mismo). Todas esas cosas (gestos para la gilada, vulgaridades, si se quiere), simplemente, me parecieron mejores que las venideras. Y ni siquiera estoy hablando de políticas de Estado, estoy disertando sobre los aspectos más superficiales que puede tener un gobierno, justamente aquellas marcas que más tarde son recordadas como detalles fundamentales de cada gestión (Alfonsín confrontando a la Sociedad Rural, haciendo gala de su repentismo verbal, saludando a la multitud con su clásico saludo, etc.).

La sede del PRO era el duplicado perfecto de una de esas fiestas (casamientos, cumpleaños de 15) en las que no se encuentra una sola persona con la que intercambiar una palabra y nos quedamos hablando con el mozo. Todo lo contrario a los entusiastas muchachos abatidos del bunker K, enojados con quienes votamos a Sabbatella. Esta postura es entendible, pero no resiste el menor análisis. De esa forma se considera aceptable la noción de “voto útil” (por la cual, probablemente, Kirchner terminó perdiendo). Por otro lado, si la democracia es emitir votos no-positivos contra De Narváez, estamos fritos y bastante cercanos a “Gran Cuñado”. Como el suicida murió espiritualmente mucho antes de volarse los sesos, el kirchnerismo estaba nocaut desde hace rato. El apoyo de la clase media argentina nunca fue genuino (no hubo una afición real en los grandes centros urbanos) y perduró mientras existió cierto bienestar económico (reactivación económica consecuente del crack de principios de década). Mientras tanto, la opinión pública alentó constantemente silogismos prejuiciosos y posturas de desconfianza hacia quienes detentaban el Poder: “Son los que Perón echó de la Plaza”, era el estribillo preferido del oyente de radio (incapaz de preguntarse a quién dejó Perón en aquella antológica jornada). La política de derechos humanos, a excepción del reconocimiento de fracciones minúsculas, siempre fue aceptada a regañadientes (incluso por familiares de víctimas y antiguos exiliados que sólo vieron demagogia en decisiones como la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final). Con la instauración del tema de la “Inseguridad” como la gran problemática a resolver, la serie de juicios a ex represores se metabolizó en buena parte de la sociedad, no como ineludible reparación histórica, sino como una provocación innecesaria (“revanchista”, “resentida”) de parte de los Kirchner. Aquí se acrecienta el desdeño hacia el modelo y se vislumbran emergentes simbólicos que advierten sobre un claro giro a la derecha: la utilización del término “montonero” como insulto pasó a ser moneda corriente incluso entre jóvenes que nacieron en democracia (el conflicto con el campo es el mejor ejemplo). El brutal desprecio hacia Hebe de Bonafini dejó de ser tabú. Las cadenas de mails ayudaron a la propagación de las fantasías retrogradas más agravantes (la última alertaba, por poco, que los 30.000 desaparecidos votarían por el Frente Justicialista para la Victoria). La resolución 125 explicitó finalmente la vertiente más conservadora del ciudadano burgués (el leit motiv pasó a ser: “fueron por el campo y los ahorros de los jubilados, vienen por nosotros”) y se sumó a los desajustes y errores (Indec, alianzas indeseables, etc.) propios de una conducción que comenzaba a sentir el paso de los años. Lo demás es reciente. La elección de Cristina amalgama el prejuicio ideológico con el genérico: “Cristina no te vayas con Chávez, andate con…chuda” rezaba el democrático cartel de nuestros más ilustres caceroleros. Cobos (y su recordada performance del 17/07/08) erige como ideal un prototipo en las antípodas de los K: mesurado, cómplice del periodismo, sonriente, dialoguista. Renace el fervor por figuras poco tiempo atrás inexistentes, como Reutemann (en su insípida parquedad, hipérbole grotesca de la nueva forma). En base a marketing, sumisión a los asesores de imagen y condescendencia del periodismo, surge con cada vez más fuerza la entelequia macrista (y con ella, la de sus hologramas: Michetti, De Narváez). La posible sanción de una nueva Ley Audiovisual (promovida desde el gobierno con la habitual ambigüedad discursiva) pone en guardia a los grandes medios del país, que difunden los acontecimientos centrales de una manera por lo menos dudosa y configuran personajes contrarios al gobierno de aceptación masiva (el tristemente célebre De Ángeli es el eslabón más emblemático de una sucesión bizarra que llegó hasta el hijo de Hugo del Carril). Fórmulas de izquierda sólo son tenidas en cuenta por el electorado una vez que se oponen a los K adoptando una dinámica incierta (Pino Solanas afirma que el kirchnerismo profundizó el modelo menemista). El cóctel ya estaba listo desde hacía rato. Hizo efecto el 28 de junio y terminó una era. Pero no se preocupen, ya vendrán tiempos… peores. Cambio y fuera.

martes 30 de junio de 2009

Pantalla del país nuevo

La derrota del kirchnerismo supuso el panorama obvio por parte de los grandes medios de comunicación (agrupemos aquí diarios como La Nación, Perfil y Clarín y canales como TN y América): el triunfo de las distintas formas de la oposición y el rechazo a un modelo perimido. Ésa es la “pantalla del país nuevo” que se promueve. Sin embargo, cualquiera que haya leído entre líneas el discurso de Macri (aunque llamarlo de esa forma generaría una problemática semántica, digámosle “serie continua de palabras emitidas”) en la sede del PRO (con tantos muchachos de camisa clara y pantalón de vestir saltando e imitando un acento de barrio que les sale mal) puede interpretar que el gran ganador de las elecciones fue el espectro conformado por los medios de comunicación. Macri (un conservador nato de tan pocas luces como su compañero imitador de su imitador, y su fetiche, Gabriela Michetti; paradigma del político impersonal teledirigido por los asesores de prensa) no sólo pidió por la “libertad de prensa” sino que llamó al periodismo a “controlar” las acciones de los gobernantes. La elección de este verbo en desmedro de otros más acertados como “difundir” o incluso “denunciar” no es casual. Esta expresión significa un claro guiño para el mayor contrincante que el gobierno tuvo en el último año y medio. “Clarín”, dice Macri, “nos gusta que nos controles, pegame y decime Mauricio”. La sanción de una nueva Ley Audiovisual (otro de esos proyectos que con otro gobierno que no sea K pueden pasar a formar parte de la “utopía progresista”) ingresa en un marco de incertidumbre. La algarabía de los periodistas más distinguidos de la “radiodifusión” nacional, a medida que se iba conociendo la derrota del oficialismo, fue por momentos obscena, matizada incluso por los típicos detalles escabrosos (chismes más propios de los programas de la tarde que del análisis político) sobre la reacción de Kirchner en el piso 19 del Hotel Intercontinental. Nelson Castro refulgía de morbosidad explicando el momento tenso que el ex presidente hacía pasar a Florencio Randazzo y Sergio Massa. María Laura Santillán sonreía constantemente por razones desconocidas (mientras enarbolaba un argumento instalado desde el conflicto campo-gobierno tan dudoso como demagógico: “Los funcionarios no están a la altura de sus electores”; ¿cuáles son los electores superiores?: ¿los que votaron al empresario menemista Francisco De Narváez, los que endiosan la figura de un vicepresidente que hace campaña en contra del gobierno, los que prefiguran presidenciable a un tosco ex corredor de Fórmula 1?). Con el triunfo opositor, automáticamente, el agitadísimo “fantasma del fraude” fue desechado. Pero durante la tarde se hablaba de “fraude” (sic): una mujer en Caleta Oliva no había podido votar porque otra lo había hecho en su nombre… Macri también dirigió su “serie continua de palabras emitidas” al sector agropecuario y al empresariado nacional. Por si fuera poco, se manifestó harto de la “prepotencia” y los discursos “cargados de resentimiento” (¿remember Derechos Humanos?). Vemos mucha gente feliz en estos días. Los caceroleros. Los integrantes de “Memoria Completa”. Mirtha Legrand. Las conferencias de Kirchner a la madrugada (imperdible, como cada uno de sus contactos con la prensa) y de Cristina al anochecer son la contracara perfecta de la lógica macrista y explicitan de qué modo el estilo K terminó configurando todos y cada uno de los rasgos principales de quienes quieran oponérseles: sólo hace falta invertir cada una de sus supuestas características. Al autoritarismo, se le opone la sonrisa constante. A la verborragia, el discurso atildado. Al cuestionamiento del periodismo, la complicidad. Un sistema meramente gestual que desatiende cualquier tipo de contenido ideológico (una mala palabra) y se sustenta en los modos superficiales. Los dos interpelaron fuertemente a la prensa y acusaron la ausencia de autocrítica (“Siento que a nosotros nos interrogan y a los demás los escuchan” señaló, estupenda, Cristina). Estas estrategias defensivas (u ofensivas, según quien las divulgue) del matrimonio K son suprimidas de los compactos televisivos con sus declaraciones. O erigidas como componentes de un Poder represivo y/o amenazante. Interpretarlas de otra forma sería una muestra de sinceramiento corporativo inimaginable. El hit “¿Qué te pasa Clarín, estás nervioso?” sólo fue aceptado por el establishment una vez vaciado de sentido por su constante repetición. Los años revelarán la envergadura del manejo “discrecional” que los medios han hecho de los acontecimientos socioeconómicos en el último año y medio. Cristina dijo que no habían ganado en Santa Cruz pero sí en el Calafate. Cualquiera que conociera el contexto de la conferencia, sabía que era una broma (bastante idiota, pero broma al fin). Lanata, en su editorial de DDT, utilizó esta respuesta para declamar su desesperación ante la falta de autocrítica K. En Telenoche la compararon con Alberto Rodríguez Saá en el 2003 aclarando que en Necochea había una mesa que los daba ganadores… También se encendió la alarma porque Cristina “minimizó la derrota” ya que registró que su fuerza había cosechado más votos que las demás. ¿Qué esperaban que dijera: “somos una mierda, somos los peores, evidentemente nadie nos quiere y vamos a cambiar cada una de nuestras actitudes que ofenden a la gente que eligió a De Narváez”? La intencionalidad mediática no erradica ni mucho menos la larga serie de desajustes gubernamentales, pero pone en claro que a partir de ahora (diciembre o el año 2011) cualquier tipo de propuesta levemente aceptable forma parte del sueño de una noche de verano. Por último, no sé si será acertado afirmar que esto (incluso con Indec falseado, pasados noventosos, De Vido’s, Scioli’s, aparato, CGT, Kirchner’s -¡!-, es decir, incluso siendo “esto” cercano a un charco de mierda) era el mejor caso, algo que el irrelevante cinismo de la inteligentzia política argentina (basado, entre otros tópicos, en la certeza de que no hay diferencia alguna entre Kirchner y Menem) no acaba de comprender. Lo que viene, Macri, Reutemann, Cobos..., ¿hace falta agregar algo? Hay veces que la mención de algunos apellidos sustituye cualquier calificativo que los describa. En este caso, por si quedaran dudas, estos son: “horroroso”, “penoso”, “triste”, “lamentable”, nuevamente “horroroso”.

sábado 27 de junio de 2009

MICHAEL JACKSON O LA ESTRATEGIA DEL VACÍO

“A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento: Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo”. Si la vieja tesis enunciada por Gilles Lipovetsky en su notable La era del vacío fuera cierta, Michael Jackson (con su eterna sucesión de cirugías estéticas) podría ser considerada el paradigma perfecto de la era de Narciso, aquel que de tanto mirarse en el reflejo del agua murió ahogado. El efecto ominoso que producía en la sociedad el rostro multiforme de Jackson siempre mantuvo aparejado un halo de hipocresía: fue el proclamado “Rey del Pop” un espejo hiperbólico y violento de la obsesión posmo por el aspecto. Si nos atenemos a su decrepitud final (tanto física como mental) la moraleja de su fábula (en la que un individuo encandilado por la fisonomía termina convertido en un “monstruo”, un “freak” bizarro más propio del entretenimiento televisivo que de los escenarios) es de una linealidad bestial y apta para todos los medios que en este mismo instante hincan sus dientes sobre el cadáver para conocer los detalles más escabrosos de sus últimos días.

Cambiando el enfoque y sin pretensiones de reflexión cultural, nos encontramos con un caso típico en la Industria del Entretenimiento pero multiplicado por mil: un comienzo que rebasa el significado de la palabra “exitoso” (tal vez Jackson personifique el término “estrella” como ningún otro), la imposibilidad de superación (tanto comercial como artística) y un curso descendente en el que no faltaron ni los fracasos comerciales de sus últimos álbumes ni las acusaciones más agravantes hacia su persona (pedofilia). La característica majestuosidad de sus shows y video-clips (por su habitual desorbitación tendiente al mal gusto), el puño en alto como pose gestual de superioridad ante la multitud (favoreciendo la rendición de pleitesía y la asimilación con los grandes líderes totalitarios), el aullido agudo con el que matizaba sus canciones y su eterno paso “Moonwalk”, en el que parecía hacer retroceder el globo terráqueo con su sensacional baile, son testimonios simbólicos que representan toda una era marcada por la frivolidad y la perspectiva banal del Universo. Pero, ¿qué había detrás de ese entramado complejo de espectacularidades? Un personaje de gran bajeza, vacío, en soledad, emancipado del mundo. Aún siendo un dato coyuntural, no puede ser casualidad que su visita a la Argentina se haya dado en pleno menemismo.

Musicalmente, su carrera discográfica ingresa en un claro declive a mediados de los años 80’. El nivel superlativo de Trhiller (ejemplar soberbio de swing) no puede reparar el enorme daño histórico de sus discos posteriores, repletos de pasos en falso, declaraciones políticamente correctas, sonidos inofensivos, repeticiones y baladas insufribles. Por otro lado, la conclusión sobre la vigencia de su legado no puede ser más negativa. Jackson es quizás el máximo responsable del pop falto de sustancia y prefabricado de los últimos veinte años. Aunque sea, de seguro es la inspiración primordial de todo aquel espécimen musical con ínfulas pop que pone más énfasis en lo accesorio que en el contenido (a no ser que se estén inspirando en David Bowie y no nos hayamos dado cuenta): las coreografías rimbombantes, los video-clips, los shows mega producidos, etc. La dictadura del efecto en la que la obra de arte (porque esta noción también es propia del cine y de las artes plásticas) más que la “inminencia de una revelación” debe provocar un resultado monetario. Una concepción mercadotécnica sobre la música sublimada en los insípidos grupos para adolescentes de los años 90’ o en el laboratorio miserable de Operación Triunfo. Una proyección del “arte” puesta al servicio de la Industria. Eso, entre otras cosas menos elegantes, fue Michael Jackson.

miércoles 24 de junio de 2009

Pánico y asco en las elecciones legislativas

Tiempo presente y tiempo pasado
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado
(T. S Eliot)

Y ya se avecina el día del salto espacio temporal. Como todos sabemos, en la jornada del domingo 28 de junio la ciudadanía de la Provincia de Buenos Aires, en un esfuerzo desigual, decidirá en nombre de todo el país (condominio fragmentario que en algunas ocasiones también conforman Mendoza, Santa Fe y Córdoba) si quiere regresar a los 90’ (para más datos ver Gran Cuñado), seguir en el presente (para mayor complicación, al decir de muchos, “los 70”) o darle una oportunidad al futuro o el porvenir o como éste se llame junto a Sabbatella. Es claro que El Guionista está moldeando la realidad argentina influenciado por la dinámica de la serie Lost o su sucedánea argentina, la imperdible (aunque harto “inmirable”) Casi Ángeles. Yo soy de la línea spinetteana ortodoxa así que, mientras entono aquello de “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”, le regalo un voto a Sabatella (con su tan encomiable como soporífera propuesta) y temo que Kirchner pierda, derrape, renuncie y me quede sin tema de discusión por toda la eternidad escuchando hasta el suicidio los no-discursos monocordes de Cobos o Reutemann o Binner o Macri o Scioli o alguno de esos robots que a diario vemos en televisión. De Elisa Carrió nadie con neuronas en actividad presagia un futuro presidenciable, aunque quién sabe. Por lo pronto, en el colmo del delirio gratuito, ha comenzado a “agitar” lo que el periodismo llama “el fantasma del fraude”. Lo que en verdad es un fraude es la argumentación que sostiene como posible el fraude. Según Carrió, a las 18 horas del domingo el gobierno anunciará un triunfo. Esta noticia (nunca antes dada por ningún gobierno en ninguna elección anterior, por supuesto: se sabe que los K en lo único que se devanan los sesos y son originales es en encontrar nuevas formas de afrentar a la bendita institucionalidad) “desmoralizará” a los honrados fiscales de mesa, que se retirarán compungidos a sus casas antes de tiempo. Y aquí viene la gran estafa maquiavélica del gobierno chavista/autoritario/hegemónico/totalitario/monárquico/comunista/tirano (¿alguien da más?: usurero/despótico/montonero; parafraseando al grupo de música experimental los Guaguancó, “la cosecha de calificativos nunca se acaba”): justo cuando los fiscales se dan vuelta arrasados por la resignación de tener que soportar otros dos años de dictadura, vienen los kirchneristas (probablemente escondidos detrás de las urnas, habilidad aprendida en los años de guerrilla) y colocan sus boletas en tanto sacan las miles del Acuerdo Cívico. Aunque usted no lo crea, esta escena hipotética digna de la mejor época del Chavo del 8 o los clásicos finales de Scooby Doo en que el “fantasma” siempre era un ñato disfrazado, es la razón principal que la líder de la oposición maneja para aseverar que habrá fraude (todavía no se animó a promover la idea de las “boletas mal impresas” de las cadenas de mails). Los medios (TN y América, principalmente), para no ser menos, fogonean la inminencia del tongo y mientras emiten didácticos spots que explican qué es eso de votar (porque después de tantos años de dictadura, claro, nadie lo recuerda), solicitan a los ciudadanos (especialmente a quienes se emocionan con el Rabino Bergman y se sienten ofendidos por la forma en que Chávez nacionalizó Techint) asistir al cuarto oscuro con celulares para filmar cualquier tipo de inconveniente. Es de esperar que en una votación multitudinaria haya cientos de inconvenientes. Es de esperar que se utilicen estos vulgares inconvenientes como aspectos de un fraude sistematizado y que el gorila medio, cebado ante la paranoia instaurada, cuente boleta por boleta y al comprobar que hay 105 del Frente Justicialista Para la Victoria, 98 del AC y 85 de Unión-Pro, murmure “¡Pobre Patria Mía!” y documente el dramático instante para provocar la mirada de perro mojado de María Laura Santillán y la dura reprimenda de Santo Biasatti a toda la clase política argentina. Paréntesis: como alguna vez sucedió con Zamora, hoy es Pino Solanas el candidato progresista que las clases altas consideran entrañable (cual mascota) seguras de que nunca asumirá un cargo ejecutivo de importancia. Cierro paréntesis. Noticia de último momento: Fontevecchia (junto a la entelequia denominada “Opinión Pública”) cayó en la cuenta de que De Ángeli (que de tan federal, siendo entrerriano se viene a Buenos Aires a hacer campaña junto a De Narváez) es “una persona tosca, primitiva, ordinaria y a veces brutal (…) y no un heroico David que derribó a Goliat” (Perfil, 21/06/09). Sería una buena noticia, con los avances tecnológicos y científicos de los últimos 80 años, que próximamente estas verdaderas revelaciones sobre la real naturaleza de nuestros más grandes íconos lleguen a Fontevecchia en particular (creador de gemas del pensamiento contemporáneo como el paralelismo entre los desaparecidos y los números adulterados del Indec) y la sociedad en general en su debido momento y no con un año y medio de retraso. Muchas gracias.

jueves 11 de junio de 2009

Una temporada en el amor, nuevo disco de Estelares

“Sigo sintiéndome triste/ con las vueltas que da la vida/ de aquí para allá/ cual pelotita de ping pong/ Es así de gris la vida/ Es así de opaco este amor”. Si el tercer tema del primer disco de una banda (Extraño Lugar, 1996, de Estelares) contaba con estrofas de este calibre no hay mucho que agregar: estamos ante individuos que creen, como León Tolstoi (y Fabián Casas), que el hombre puede sobrevivir a los terremotos, las agonías del espíritu y las epidemias pero la que en verdad cuenta es la tragedia de la alcoba (1). Los supuestos males que nos atormentan día y noche (el dengue, la gripe porcina, las candidaturas testimoniales, los spots publicitarios de De Narváez, las columnas periodísticas de Pepe Eliaschev, Cobos, el reggaetón, el funcionamiento del tridente delantero del seleccionado, los libros de Marcos Aguinis) son meras distracciones para que no pensemos demasiado en el peor de los tormentos: el amor o la falta o la recuperación de éste. O bien: el amor en cualquiera de sus manifestaciones. Cada disco de Estelares (sólo 5 contando el presente en una carrera bastante extensa), entonces, es un alto en el camino que nos estalla en los oídos frases que nos querríamos haber escuchado: “Los dos estamos hechos mierda/ No nos podemos ayudar mi amor” o “Rumbo al mar/ Apoyas tu cara en el vidrio/ Me decís: “Tu mundo me resulta ajeno”/ Mientras yo guardo un cigarro entre mis dedos” o “Aunque me beses la boca no es suficiente”. Con los años, tal tendencia al sentimentalismo ortodoxo de vieja escuela (que abreva tanto en la tradición broken hurts de las letras del rock en general como en la habitual desolación tanguera y la cursilería elegante de la mejor canción romántica), no sólo no ha cesado sino que ha añadido a sus contorsiones una serie de virtudes difíciles de encontrar en el rock local: una facilidad sorprendente para hilvanar melodías pegadizas sin sonar edulcorados, un sonido en vivo más que apreciable y una contundencia en la fórmula estrofa-puente-estribillo (o viceversa) que obligan al reconocimiento en medio de un panorama tan estrecho en cuanto a inventiva textual. Y esto (milagrosamente) no se logró pasteurizando al grupo para volverlo un combinado impersonal de algún productor caribeño, sino agregándole más pop a la estructura por demás desprolija de sus primeros discos pero sonando tan rockeros como siempre (Estelares es, antes que nada, una banda de guitarras). No sé si Una temporada en el amor (que se iba a llamar, agreguen los signos de admiración: El mundo de Leonardo Favio) supera a Sistema nervioso central (2006). No lo sé porque probablemente, dentro de lo que podríamos llamar el power pop argentino (o algo así como: bandas que suenan en las radios pero no son Airbag), pocos discos de esta década generen el placer musical de aquella obra. Sí puedo afirmar que su edición tiene algunas características que producirán el goce en las almas sensibles de quienes sean levemente felices escuchando buenas canciones. Una de ellas es “Superacción”, un tema de reverberaciones algo ochentosas con un estribillo mortal, que va hilvanando imágenes de una densidad cercana a la poesía: “En la ruta al norte, se ven miles de estaciones/ Con el viejo póster, Diego en México campeones”. Otra es “Cristal”, el corte de difusión, que nuevamente, como en “Aire”, refleja con absoluta gracia las sensaciones agridulces posteriores a una separación: “Me pregunto por tus padres/ Y los amigos con que cenábamos”. También “Trémulas canciones” (me animo a pronosticar su bestial reproducción en los parlantes de todo lugar público) merece su lugar en el podio, con su sonido funky y ese “Dónde estarás mi amor/ Quién agiganta el sol/ Si todo cae sobre mí por hoy” que se repite como un mantra y hasta invita al baile. La lista de destacados podría abarcar aunque sea ocho o nueve de los catorce temas. En “Tanta gente” Moretti canta: “Si Boca es campeón mundial, yo también (…) Los fascistas de siempre/ No tienen dos dedos de frente”. Esa intrusión de lo cotidiano (lo público) en el retrato de las relaciones privadas es la que otorga a los temas de Estelares un sello de distinción y un plus que diferencia de los demás (productos manufacturados basados en clichés y fórmulas discursivas vacías de sentido, elementos que Estelares maneja con discreción y a conciencia). Por último, deberíamos marcar que la persistencia de la primera persona del singular, en este caso (salvo contadas excepciones), parece genuina y no provoca la certeza de que el emisor intenta identificarse con el oyente obscenamente dejando de lado cualquier búsqueda poética. Luego de estas palabras, sólo resta escuchar Una temporada en el amor y comprobar (o no) los dichos de este servidor.

(1): La frase entera dice así: “El hombre sobrevive a los terremotos, las epidemias, al horror de la enfermedad, y a todas las agonías del espíritu; pero, a través de las generaciones, la tragedia que lo ha atormentado y que lo atormentará más es (y será) la tragedia de la alcoba”. En mi caso particular, conocí la cita en El árbol del diablo, novela de un descalificadísimo escritor polaco llamado Jerzy Kosinski. Este autor, acusado de las más grandes ignominias (entre ellas, la más agravante de todas: no ser el verdadero autor de sus libros) es quien escribió (nunca se comprobó lo contrario) un best seller ciertamente exquisito: Desde el jardín. Luego de la lectura de esta obra, cada vez que advierto algo de Kosinski en las mesas de saldo (quien solía surgir en las contratapas de sus viejos libros en poses pavorosas), me lo llevo disimuladamente y como quien no quiere la cosa. Tengo un par de libros suyos que me están esperando en la biblioteca para poder constituir algún tipo de veredicto.

domingo 7 de junio de 2009

Maradona y 11 más

“Maradona: si querés a la Selección, asumí ya como DT”… Ah, cierto que ya asumiste. Qué mal juega la Argentina, qué cantidad de equivocaciones puede generar en la opinión pública el ex número 10 con su simbología entre nacionalista, demagógica y chabacana. Por ejemplo, la “sorpresa” de que se acaben las entradas para un partido de la Selección, como si eso nunca hubiese ocurrido (“La gente escuchó el pedido de Diego”, decían los titulares, como si con Pekerman o Basile o Bielsa los estadios estuvieran vacíos). O la “importancia” de dos partidos amistosos olvidables (ya perdidos en el espacio temporal). O la “certeza” de que Agüero, Messi y Tévez deben jugar juntos sí o sí aunque nunca lo hayan hecho mínimamente bien. Y por otro lado, qué diferencia hay entre el hipotético Messi construido en base a videojuegos y publicidades y el que transita desconcertado el opaco césped del Monumental. Ya la comparación (odiosa por donde se la mire) con Maradona no resiste ningún análisis. Maradona era un estratega y un habilidoso, tenía una personalidad avasallante y movía los hilos del equipo casi por inercia. Messi, por ahora (pero ¿desde cuándo siempre se debe estudiar la performance de un deportista por lo que ofrecerá en un futuro aparente?) es, también, un habilidoso de gran velocidad que desnivela en el mano a mano. A veces pareciera que sólo puede trascender si alrededor tiene compañeros monstruosos como Xavi o Iniesta. En todo caso, sólo gente obsesionada con su sueldo anual piensa que un equipo puede depender de sus transgénicas piernas. Sus apariciones son ciertamente rutilantes, pero fugaces y poco frecuentes, y tampoco tiene la claridad suficiente para resolver en qué momento hacer “la individual” o pasar la pelota. El resto del equipo también suscita la decepción. La palabra clave para definir el funcionamiento sería “barullo”. Jugadores desorientados, chocándose entre sí, sin coordinación, discutiendo. Ausencia total de elaboraciones que confluyan en alguna clase de circuitos de fútbol asociado (Uruguay perdiendo 4 a 0 juega mejor). Consecuencia: inexistencia de situaciones de peligro en el arco rival. Por descarte, entonces (porque la idea de Maradona es la de un equipo vertiginoso, con toque, sudor y jogo bonito; por ahora sólo aparece el sudor), la opción es esperar que alguna de las individualidades despierte del letargo y frote la lámpara. Pero esto nunca sucede y la pelota parada termina por ser el último espacio propicio para marcar la diferencia. La obstinación por una línea de tres que nunca resulta es incomprensible. Maradona parece hacerlo todo más que por convicción, para demostrar: que puede ser el técnico, que está sobrio, que Bilardo no lo maneja, que Batista no le sacara el puesto, que Grondona no lo inquieta, que sabe de fútbol. En el medio, elige preservar todo lo accesorio por lo fundamental, como si un equipo se armará por arte de magia. Se la “creyó”, en el sentido literal del término: compra lo que él mismo vende. Y eso es letal. De alguna forma es un émulo de De Narváez, para quien el significado de política equivale al de farándula: “mostrarse como uno es”. Es extraño, pero el jugador más grande de la historia entiende el fútbol como el show “conmovedor” que instalaron los medios (los mismos que no van a tener compasión cuando vuelva a caer: es que “la vida es una tómbola y arriba y arriba”, ¿el Puma Rodríguez?, no, Manu Chao). Así se suceden carteles de auto ayuda, arengas, eslóganes (“La Selección es Mascherano y 10 más” o como deshonrar a todo un plantel y responsabilizar excesivamente a un jugador), familiares ante las cámaras y declaraciones para esa oprobiosa gilada que le festeja todos sus exabruptos, aún cuando éstos no poseen ninguna gracia y son a todas luces desubicados. A su yerno pareció haberlo sacado en el primer tiempo sólo para confirmar su desprecio por el estado del campo de juego (la molestia fue “mínima” según el mismo Kun, desde su estadía en Europa, un jugador impersonal y de poco brillo). Sólo su presencia “aplaca-pensamientos” pudo detener la entendible ola de críticas que hubiera provocado con cualquier otro entrenador la goleada histórica contra Bolivia. Que Venezuela en el mismo lugar no haya recibido ningún gol e incluso ganado (1 a 0) es un dato revelador. No se trata aquí de crucificar (una vez más) al ídolo, sino de marcar el halo de irrealidad en el que opera a causa de la dimensión de imbecilidades que repite el coro de reidores que lo sigue. Abrazo de gol.

lunes 1 de junio de 2009

Sobre algunas estrategias miserables de la oposición y los medios contrarios al kirchnerismo

Las invenciones…, no. Las confabulaciones…, no. Las estrategias discursivas a través de las cuales la oposición y los medios de comunicación intentan rebajar al espacio de la política argentina conocido como “kirchnerismo” no tienen límites. La operación es simple: se trata de tomar cada una de las medidas del gobierno, cada declaración de un funcionario oficialista, cada gesto de la presidente y rechazarlo de plano en nombre de una superioridad imprecisa (la que supuestamente separa a De Narváez de Kirchner, por ejemplo). A continuación, se procederá a comparar el objeto de crítica determinado con el que correspondería si los K fueran decentes, republicanos e institucionales como el rabino Bergman. Cuestiones que no estaban en discusión hasta hace poco tiempo por nadie que tenga un mínimo de sensibilidad social (el acabose de las AFJP, el proyecto de una nueva ley de radiodifusión, los juicios a los represores) pasaron a considerarse ejemplos paradigmáticos del autoritarismo, la soberbia y la monarquía (ver Legrand, Mirota). En cambio, sucesos infames desde todo punto de vista son tolerados con normalidad. Él caso más ilustrativo es el del vicepresidente Julio Cobos, quien pasa la mayor parte de su tiempo libre difundiendo porcentajes perjudiciales para el gobierno al que pertenece. O haciendo campaña por candidatos que se oponen al gobierno. O pronunciándose en contra de cada una de las posturas del gobierno. En el intento por agrietar en forma contundente la escasa aceptación popular de los K, la prensa recurre constantemente a instalaciones temáticas que muchas veces no tienen mayor asidero o no son analizadas con el mismo tenor si se dan en otro espacio. Hace un par de semanas, la nacionalización de una empresa siderúrgica argentina en Venezuela provocó una reacción de dimensiones colosales. En pocos minutos, la población entendió el mensaje: faltaban pocas horas para que Chávez viniera a la Argentina acompañado de milicias rojas con el claro objetivo de confiscar cada propiedad privada del país. La tolerancia de los Kirchner a tal “embate” (¿se explica la gravedad del asunto?: ¡una empresa que factura miles de millones de dólares fue expropiada en el exterior y recibió aún más miles de millones de dólares!) dejó asentada la idea de que luego del 28 de junio, éstos harían lo mismo. Tal conexión fue acopiada ferozmente por los candidatos del PRO y la Coalición Cívica (posiblemente haya salido de sus mismos asesores, enterados del virus “anti-zurdo” que corroe a gran parte de la sociedad argentina, explicitado a través de carteles de adecuada síntesis argumental como el que rezaba “Cristina: no te vayas con Chávez, andate Con…chuda” o exaltaciones del más puro sentir autóctono como “Váyanse Montoneros del gobierno, no queremos ser una segunda Cuba como Venezuela”).

Al mismo tiempo (tal vez comprobando la verosimilitud de las dinámicas de esas películas ambiciosas y odiosas de los años 2000’ en las que todo se conecta con todo), en la tierra del “dictador” (aunque Chávez, tanto por su disposición mental como por su recurrente canto merece el más profundo de mis rechazos, ¿se le puede decir jocosamente tal epíteto a una persona votada en elecciones libres?) se desarrollaba un “Foro sobre libertad económica y democracia”. Esto es casi imperdible, lo más parecido en el mundo real al comité del partido republicano de Los Simpsons. Gente que defiende la libertad y de paso el bloqueo a Cuba y la guerra contra el terrorismo. Entre ellos se encontraban conocidos amigos de la casa como el inefable Marcos Ah!guinis. Bastó para que en el aeropuerto de Caracas se retuviera más de la cuenta a Álvaro Vargas Llosa para que la alarma llegara a la Argentina. TN se hizo eco de esta noticia con indudable aptitud: ¿quién no se horroriza, quién no grita y vomita y llora y tiene espasmos y se retuerce de dolor cuando a un respetable intelectual latinoamericano se le cercena la libertad para decir lo que se le plazca sobre un gobierno bolivariano? A este accidente, TN lo tituló, con llamativa insistencia: “Chávez profundiza el modelo”. Traducción: el modelo de Chávez no sólo es estatizar cruelmente empresas argentinas, sino apalear a todo ser pensante que considere que su accionar es motivo de diatriba. Probablemente esto sea cierto, lo que no se entiende es por qué razón el mismo medio no tituló “Obama profundiza el modelo” cuando a principios de mayo la embajada de Estados Unidos no le otorgó la visa al insufrible cantautor cubano Silvio Rodríguez. Como estas noticias han sido arrasadas por los glaciares del olvido, pasemos, ahora sí, a la brevísima observación que quiero hacer desde hace 748 palabras (según el contador del Word).

Las encuestas para las legislativas del 28 han aportado otra maniobra de descomposición del aparato kirchnerista (lo que ya es una redundancia): la denigración de sus votantes. El titular principal del diario Perfil del domingo (en el que Edi Zunino compara a Kirchner con un pedófilo por su tendencia a besar a los niños durante sus recorridas en el conurbano) fue demasiado explícito: “Los menos instruidos votan a Kirchner y los sub-45, a De Narváez”. Por un lado: la vieja política que votan los idiotas sin secundaria. Por otro: la juventud que apoya a la nueva política (de un ex financista de Menem que practica un vocabulario basado en la repetición de eslóganes, un empresario que cree que la homosexualidad es una enfermedad y el siglo XX el de los derechos humanos y un ex dirigente kirchnerista-menemista-duhaldista). Según la encuesta de M & F el 61, 8 por ciento de quienes votan la (¿no?) fórmula Kirchner-Scioli poseen un nivel educativo bajo. Este pernicioso comentario (que vuelve omnipresente el concepto de voto calificado) ya había sido esbozado por Nelson Castro el 17/05 en su habitual y escalofriante columna de los domingos: “Pero, más allá de estos números, está la realidad sociopolítica de lo que se vive sobre todo en el segundo cordón. Allí reina la confusión. Mucha gente no sabe qué se vota ni a quién se vota. Muchos creen que Néstor Kirchner es todavía presidente. A De Narváez aún hay mucha gente que no lo conoce”. El mensaje esencial es que Kirchner pierde aunque gane (bueno, ésa fue la bajada de la edición del diario el día de la cita: “Fue presidente saliendo 2º y puede perder quedando 1º”), que su victoria no tendrá la más remota legitimidad. Esta idea se instaló ahora, cuando se hace inexorable su triunfo. No cabe la posibilidad de que los demás candidatos sean más desechables que él: gana porque lo votan los ignorantes, porque hay un Fernando Narváez que le quitará innumerables votos al ídolo de Showmatch, porque se avecina un seguro fraude que todavía no sucedió... ¿Alguien puede asegurar que los votantes de De Narváez “saben” algo que los de Kirchner no? ¿Alguien puede asegurar que una persona seducida por una frase como “Si me ayudás podemos cambiar todo lo que nos hace mal, por todo lo que nos hace bien”, ejemplar en su vacío argumental, empleó correctamente el tiempo de estudio? A no ser que venga algún historiador revisionista gorila y aclare que a Perón lo seguían las clases ABC 1, con esta inclinación se podría también injuriar al movimiento de mayor envergadura de la historia argentina, elegido en buena hora por mayoría de personas de bajos recursos y con poco acceso a la educación alta. Mientras tanto, el núcleo argumental del spot publicitario de los candidatos a diputados nacionales por el oficialismo reside en el supuesto de que a partir del kirchnerismo la pobreza en la Argentina se conjuga en pasado… (1). Sayonara.

(1): Se hacía inevitable algún comentario pseudo-“nelsoncastreano” luego de esta serie de bifurcaciones peronistas. Creo que soy un peronista reprimido, en el sentido freudiano del término, sólo otro peronista reprimido
.

martes 26 de mayo de 2009

Flash Flâneur

Por casualidades del destino, me encontré, el 25 de mayo a las siete y media de la tarde caminando solo por la calle San Juan. La situación duró unos diez minutos. Mentalmente fueron horas. O días. Como un personaje de Ballard, entré en un viaje cognoscitivo radical. Estas cosas me pasan sin tomar ninguna sustancia prohibida, simplemente estoy un poco chiflado. Pero bueno, como decía Federico Peralta Ramos: para no ser un recuerdo, habrá que ser un re loco (todo el texto es una excusa para mencionar esta frase). A medida que iba avanzando, casi me pude convencer de que el final de aquella caminata era el patíbulo. Negocios cerrados, calles vacías, esa sensación de estudio cinematográfico abandonado que se advierte en las características arquitectónicas del lugar (la estrechez de sus calles, los bordes de las veredas). Toda una gama de imágenes que proponían el suicidio o, por lo menos, la contemplación seria de éste. Me interesan de sobremanera las imágenes cotidianas que causan un shock poético. Son metáforas de algo muy importante. ¿De qué? Me remito al gran Werner Herzog en el diario de rodaje de Fitzcarraldo: “Laplace habló de aplanar la pendiente hasta que tenga una caída de sólo doce por ciento. Le dije que no lo iba a permitir porque de esa forma perderíamos la metáfora central de la película. Metáfora de qué, me preguntó. Le dije que eso no lo sabía, sólo que era una gran metáfora”. Desde que tengo uso de razón estoy repitiendo esa frase. Volvamos. También por San Juan había familias (perdidas seguramente, porque nadie con el deseo de “pasarla bien” iría por San Juan un feriado; quizás hayan ido allí para disgregarse en una esquina y no volver a verse), familias con camperas infladas y bolsas en sus manos. ¿Entienden lo que les digo?: ¡Camperas infladas de colores y bolsas en sus manos! Esta conjunción de elementos del horror siempre me causa pena: ya sea porque quienes llevan camperas infladas y bolsas en sus manos son muy pobres y no tienen dinero para comprarse una campera decente y una mochila o bolso, ya sea porque quienes las llevan poseen el dinero necesario pero sin el más mínimo sentido estético del Planeta Tierra. Y los niños de estas familias eran feos, eran niños sin gracia alguna y se movían como alimañas. Pero lo que peor me hizo fue un cartel rosa, un cartel de neón de una mueblería llamada “Boedo”. Si hay alguien que todavía no se anima a tirarse a las vías del tren, le recomiendo que pase por ahí de noche. Es el estímulo perfecto. Casi estrello mi cabeza contra la vidriera y acabo con mi existencia. Y ahí la luz de neón me dijo:

"¡bienvenido!, ¡yo sabía
que vendrías aquí
a esta caverna...
supongo que te acostumbrarás
al silencio total
mundo inferior
que es eterno como el propio mal...
así no habrá para mañana
otra luz que lamentar
al morir el desierto de sed de amar
y de florecer
jamás escaparás de aquí!" (1).

Bueno, la prédica spinetteana no sucedió, pero podría haber ocurrido. Desde pequeño los carteles de neón me sumen en una melancolía que ni siquiera puedo discernir. Es peor que cualquier recuerdo doloroso, es peor que una visita al odontólogo. Creo que se relaciona con que de niño no vivía en el centro, entonces los domingos íbamos con mi familia a pasear por ahí. A caminar por la Peatonal o tomar un helado (lo intuyo, la verdad es que no lo recuerdo con exactitud). Y nos volvíamos a las siete u ocho de la noche para que no se haga tarde. Y entonces a través del vidrio del auto o del colectivo o del taxi (mojado, preferentemente, para aumentar el caudal melancólico) veía pasar a toda velocidad las luces de neón que me alejaban del centro (la diversión) y me llevaban de vuelta al barrio (la rutina, la escuela, el hastío). Otra postal urbana que me hunde en el lado oscuro de la luna son los carteles viejos que se resisten a despegarse del todo: por Moreno y Funes, si no me equivoco, persiste un anuncio del Festival de Cine del 2005; hasta hace poco por Belgrano uno anunciaba una visita de ¡Vox Dei! Y también hay costumbres marplatenses que me hacen mal. Ceremonias secretas que he visto con algo parecido a la beatitud al revés (si es que esto existe) o la epifanía deforme. Gente que se va a comer sándwiches (o sanguches, en su versión criolla no aceptada por el Word) a la Costa. Esto me causa pena por lo misma razón que expliqué refiriéndome a las camperas infladas y las bolsas. Afortunadamente llegué a Luro, doblé y seguí con mi vida. Hay que tener cuidado, Mar del Plata en otoño te puede matar.

(1): Este fragmento pertenece al tema “La aventura de la abeja reina”, incluido en el extraordinario disco Kamikaze (1982), de Luis Alberto Spinetta. Siempre me recordó levemente a “La abeja haragana”, un clásico infantil de Horacio Quiroga de Los cuentos de la selva. En la versión de Spinetta, una abeja reina cae en el territorio de una entidad misteriosa que la aterroriza. La abeja logra salir de la colmena demoníaca, pero para hacerlo debe morir, resignándose a dejar su aguijón en la presa. Es decir, una novela de iniciación y autoconocimiento en 4 minutos con 51 segundos. Y mencionar a Quiroga me recordó un relato breve de Leo Masliah, en el que un tipo se propone afeitarse con una máquina marca “HG”. Interpreta las iniciales como “High Quality”. Acto seguido, la máquina lo mutila: “a tal punto que en menos de un minuto Damián ya no tenía cara, ni ojos, ni orejas, y su cadáver chorreante de sangre yacía al costado de la cama”. Luego, su esposa comprueba el verdadero nombre de la máquina: “Horacio Quiroga”.

viernes 22 de mayo de 2009

El autobombo never stops!

Andrea Paula Garfunkel, del blog Lo mío es amateur, me pidió un copete (simpática palabra) para uno de sus cuentos. Yo escribí algo, que no sé si es un copete pero que es algo, sin dudas. Aquí mismo pueden leer la reseña y el bello cuento, titulado "Necrológica de una relación". Sayonara.

jueves 21 de mayo de 2009

Revista Métrica

Haciendo uso de la temporada de autobombo inaugurada en los comentarios de uno de los posts recientes, recomiendo fervientemente la lectura de la revista de distribución gratuita Métrica. El diseño es excelente (cuando la tengan en sus manos comprobarán que no caigo en exageraciones) y los contenidos no pueden dejar de atraer a ningún ser humano con sensibilidad (Lennon, Levrero, jazz, David Foster Wallace). Como si esto fuera poco, colaboran amigos de la casa como Gustavo Sala y Jorge Chiesa. Claro que la vida nunca termina de ser perfecta y entre las muestras de lucidez e inteligencia que nutren la publicación, aparece también la de quien aquí (justo aquí) escribe con dos textos inéditos: uno sobre Roberto Bolaño (cuándo no) y otro sobre Pinamar (chocolate por la noticia). Métrica será presentada en Capital Federal el 25 de junio próximo en el Centro Cultural de España (Paraná 1159). Se puede conseguir en los siguientes lugares:

Mar del Plata:
Librería Sibelius, Güemes 3381.
Buenos Aires:
Tienda MALBA, Figueroa Alcorta 3415.
Notorius, Av. Callao 966.
Miles Cine, Gurruchaga 1580.
La Plata:
Tienda MACLA, Calle 50 entre 6 y 7.

Cambio y fuera.

miércoles 20 de mayo de 2009

Esto ya lo dije muchas veces

Está claro: River juega mal. Los más viejos aseguran que peor que nunca. Nada funciona en el equipo: ni la táctica ni la estrategia (ni siquiera la romántica del finado Benedetti, que temía que “la Humanidad se suicide”). Esto es caso cerrado y lo hemos tratado tantas veces en este espacio que la discusión suena tan gastada como la melodía del más repetitivo de los hits del verano (aunque últimamente ni siquiera hay melodía, sólo un “ritmo” machacante con contenidos machistas que algunos llaman “reggaetón”). En julio del 2010, River jugará la promoción, ya lo hablé con mi psicólogo y creo que con un año de terapia voy a poder aceptarlo. El caso de un descenso directo sería más dramático (quizás debiera pensar en internarme), pero ése es otro tema. Por otro lado, Gorosito se ha convertido, en los últimos tiempos, en el crítico número uno de los medios de comunicación. Hace poco deploró que los canales de noticias exalten una masacre en Estados Unidos y desdeñen la inauguración de una escuela en Salta. Reflexionaba sobre la prominencia de sucesos negativos en la agenda mediática. Ejemplo: de la misma forma que un chico de 14 años mata a un comerciante, hay millones que no lo hacen (esta reflexión no creo que coincida con la de Gorosito, a quien intuyo conservador). Su forma tosca de hablar, la rudeza de su vocabulario, provocó la hilaridad de los periodistas que lo compararon, jocosamente, con un sociólogo de cotillón. En el día de ayer, encaró a un periodista de Clarín y le preguntó en plena conferencia de prensa quién le había informado que dentro del plantel había “diferencias”. El periodista se negó a responder alegando el derecho a reservarse la fuente. Añadió que era sano que hubiese “diferencias” en grupos humanos. Olvidó decir que cuando un periodista deportivo informa que hay “diferencias” en planteles de fútbol está aportando un dato para promover un efecto de zozobra (en este caso: los jugadores de River no sólo juegan mal, también se pelean entre ellos). El análisis del deporte no necesita de hipótesis sobre el comportamiento privado de sus actores (a no ser que se esté escribiendo una biografía). También olvidó decir que la reserva de fuentes posibilita que se afirmen todo tipo de hechos inasequibles (leer otra vez con atención las columnas de Nelson Castro en el diario Perfil y espantarse nuevamente), de la misma forma que las imprecisiones de un texto posmoderno, pueden significar cualquier cosa. Pero el hecho deportivo ha sido superado largamente por el espectáculo, algo en lo que Gorosito (que no me cae muy bien que digamos) volvió a dar en la tecla. ¿De qué sirve que Fútbol de Primera subtitule a Cappa diciendo barbaridades? ¿Eso ayuda al entendimiento del juego? Del mismo modo: ¿de qué sirve saber que Gerlo y Falcao se trompearon en el vestuario? ¿Eso explica el mal momento de River? No, eso revela un espíritu caníbal y, probablemente, indigno de la profesión. Como es usual cuando suceden este tipo de hechos, el corporativismo periodístico no se hizo esperar: en la misma conferencia una periodista cuestionó a Gorosito por la forma en que había increpado al colega delante de todos. “Los periodistas no mentimos”, manifestó, casi enternecedora. Una frase de estas características, justamente una semana después del papelón de Olé, parece un chiste de mal gusto. Y ahora que lo pienso no sólo parece: es un chiste de mal gusto. La precariedad del periodismo argentino se explicita en esta anécdota de tal modo que no hace falta agregar un comentario, sólo referirla: Olé publicó una tapa con genuflexiones dramáticas basándose en una imagen inexistente (una bandera elaborada digitalmente por un internauta enojado con la dirigencia de River). Esto no debería sorprender: la editorial Perfil suele publicar en tapa, notas que no aparecen en el interior de sus publicaciones (ejemplo: la revista Noticias prometía explicar “cómo” funcionaba la “usina ideológica del gobierno”: la nota se circunscribía a detallar que unos intelectuales sesentones se pasaban un tarro para hacer una vaquita). Volviendo al tema deportivo, se advierte un gran desconcierto que mezcla lo público (el hecho deportivo, la pelota rodando en “el verde césped”) con lo privado. En T y C Sports explican (seriamente) que Maradona no convoca a Higuaín porque esté se peleó con Heinze y Gago. Los periodistas preguntan a los jugadores qué sienten, qué sensaciones tienen. Maradona ofrece una conferencia por su partido con el equipo del Gran DT y se lo escucha como a un teórico de filosofía. Hay un gran error: se confunde todo lo accesorio con lo esencial. Sucede en el rock (Cromañón), en la política (la imposibilidad de algunos dirigentes de hablar sin recurrir a eslóganes y silogismos), en la vida (chequear el enojo de cientos de personas porque subirán los precios de los artefactos tecnológicos), por qué no habría de pasar en el fútbol, uno de los espejos más retrógrados (sino el más) de nuestra cotidianeidad.